Puesta en Escena 2009

“Y tú ¿en qué cuadro te encierras?”

A finales de julio de este año decidimos retomar Las Gelatinas, había una deuda, (no solo con Proteatro quien afortunadamente nos dio un subsidio) también entre nosotros había cierta sensación de deuda con el proyecto, particularmente yo como directora sentía que había mucho más para dar, creatividad en saldo a favor.

Casi un año después del primer montaje la vida de todos había cambiado y en particular, tras la muerte de mi abuela en el mes de marzo, mi visión y sensación de las cosas también. De modo que releí Las Gelatinas tratando de olvidar todo lo que habíamos construido, imaginado y trabajado con ella. El objetivo del grupo era generar cosas distintas de lo que habíamos hecho antes, el antes serviría de plataforma y de ahí para arriba; tanto los actores con sus personajes como yo desde la puesta y la dirección general.

El primer nuevo objetivo de la dirección era hacer un montaje independiente, ya se que esta palabra dispara muchas cosas en el contexto del “teatro independiente”, en este caso el “independiente” se refiere a poder tener las gelatinas en cualquier tipo de foro más allá de las luces, los elementos escenográficos y la utilería, es decir, poder montar Gelatinas en cualquier lugar logrando prescindir de lo más posible y usar esto para enriquecer a pesar de la posible contradicción; después de todo, teniendo buenas actuaciones y estando todos convencidos de esta realidad que generaríamos, el resto el público bien puede imaginarlo y hacer de la puesta algo mucho más interesante. Esta premisa, obviamente, obligó a renunciar al realismo del primer montaje, cosa que nos agradó bastante, en aquel había tantos cambios de vestuario como días indicados en el texto, construimos la casa de la Madre y Roberto desde los tapetes (alfombras), hasta los cuadros en las paredes, pasando por las plantas muertas del florero, las fresas (frutillas) para las gelatinas, etc. Ahora no, antes había cocina, sala, estudio, salida a la calle, escaleras en escena, una segunda planta, era de una generosidad opípara, el público tenía miles de detalles para entretenerse. Ahora intentaríamos usar una superficie de 4×3 metros para que ahí pasara todo.

Empezamos a trabajar con estos 4×3 y la costumbre nos obligaba a definir salidas, entradas, puertas imaginarias, etc. Al principio unas telas iban a delimitar esta superficie y el público vería las actuaciones a través de estos delgados límites, los actores saldría y entrarían del 4×3 pos las esquinas que las telas dejarían libres y luego me di cuenta que eso nos haría dependientes de cómo colgarlas y en dónde, así que adiós telas.

La “realidad” ocurre en este 4×3 que está delimitado sencillamente por una cinta adhesiva en el piso que además es colocada por los mismos personajes, porque precisamente cada uno en su vida delimita sus propios mundos con tela adhesiva o paradigmas, prejuicios, ideas que fosilizamos y dejamos de cuestionar, líneas imaginarias de las cuales nos cuesta un trabajo titánico salir, ¿qué realidad nos fabricamos? ¿qué límites nos dibujamos a nosotros mismos? ¿qué pasa cuando rompemos estos límites? ¿qué pasa cuando rompemos la definición de nosotros mismos, el cajón en que decidimos meternos, categorizarnos (o en el que categorizamos a los demás)? Cómo si la vida fuera estática y aceptara líneas inmutables, la vida es cambio, muerte, transformación… inevitable.

La interacción con estos límites de cinta es más profunda aún. Cuando los personajes están dentro del límite no pueden ver hacia afuera, perciben los sonidos, si prestan atención se darán cuenta que afuera hay vida, sin embargo desde afuera puede verse y oírse perfecto lo que pasa dentro. Habrá momentos en que los personajes puedan salir y entrar de ese cuadro libremente, y lo interesante es justo eso, cuando uno se da cuenta que puede salir y sin embargo vuelve a entrar (¿será tal vez un intertexto involuntario o subconsciente de “A Puerta Cerrada” del Señor Sartre?). Después de todo ¿no somos así? no es tan extraño encariñarse con la prisión, con la pecera que nos contiene, encontrar el hueco cómodo dentro de la incomodidad, que nos dejemos amaestrar…

La puesta en resumen se resuelve efectivamente sin necesidad de luces, escenografía que vaya más allá de la silla de ruedas que adoptamos como símbolo del pasado y presente de esta familia enferma, una televisión y un teléfono inalámbrico roto, una grabadora vieja y una mesa, de utilería: una jarra con agua y vasos, el álbum de fotos familiar y un cepillo. Mucho más importante es la convención de la interacción con estos 4×3, su adentro y su afuera, y el desarrollo de la historia con el sentimiento de estos personajes… Y el valor del espectador de hacer suya esta historia incómoda y quitar una que otra cinta adhesiva de su vida cuando salga del teatro.

Ojalá la disfruten. Todos los comentarios son bienvenidos.

V.

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~ por teatrod4a en 07/10/2009.

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