SOBRE EL ESPACIO

Juan Carlos Gené afirma (obviamente no es el único, pero sí quien fue mi maestro) que el espacio habla por si mismo; es decir, el espacio encierra en si mismo, lo quiera o no, una premisa que nos propone un discurso; del espacio podemos deducir cosas, absorber ambientes cuando todavía no son siquiera sugeridos voluntariamente por el creador de una obra escénica (o plástica, cuando su entorno es englobable en dicha obra). A estas sugerencias transpiradas por el lugar uno, como creador, ha de sumarle elementos vivos o no, para completar la obra sobre el lienzo (si es que esta en algún momento puede considerarse “completa”).

En este momento el reto es replantear un espacio para una misma obra, tirar las piezas del tablero y re configurarlo para jugar con las mismas piezas, distintas reglas, distintos símbolos, distintos colores, mismos jugadores, mismos rieles. En el montaje primero de la obra Las Gelatinas, de Claudia Ríos, derrochamos en realismo, las primeras treinta lecturas del texto siempre me sugirieron un golpe realista para enfatizar la fuerza dramática y el patetismo de los personajes.

La obsesión de la que fui presa, de sentar al público casi en las piernas de los actores me frustraba, pues “el espacio” en ese montaje, la sala, ese teatro para acabar pronto: no me permitía con soltura disponer a mi gusto de la distribución de los espectadores, había cierta obligación de “a la italiana” que como pude semi rompí de la mano de mi creativo, empático y paciente escenógrafo. La obra se llevó a cabo efectivamente después de seis meses de arduos y deliciosos ensayos de inundarnos de Robertos, de Madres, de Prostitutas, de peras, etc, etc.

El público ocupó sus sillas y de lo que sí me di el gusto, fue en obligarlos a cruzar la casa para buscar sus asientos en las gradas antes de dar comienzo a la función.

Julio 2009, montaje nuevo de Las Gelatinas, releo el texto y las cincuenta y tantas lecturas previas definitivamente se quedaron atrás, el realismo no me dice nada ahora, trato de buscar todos los simbolismos, reducir los elementos escenográficos, de vestuario y de utilería: los 14 vasos desechables, las tres jarras de plástico, el polvo de gelatina de limón y fresa, los tres trapos, las fresas rebanadas, las tres bolsas de la madre, los cigarros de Roberto, los cuadros de las paredes (que nunca pegaron bien y que las primeras tres funciones desde la consola de luces me sacaban salpullido de bilis), los tres tapetes, los papelitos que colgaban de la mesa de las gelatinas, los 5 cambios de ropa de la Madre, las dos bandejas, las cinco lamparitas de mesa, la televisión, el Lego, los adornitos de la mesa junto al sofá, la canasta de mimbre, las rosas secas, la llave que colgaba del cuello de la Madre… etc. Eeeen fin… el polvo lo recogíamos, lo guardábamos y el siguiente viernes lo volvíamos a poner con otro poquito más que se acumulaba.

Hoy no quiero polvo, hoy por hoy y después del diciembre pasado y lo que me ha atropellado después, quiero saber qué hay detrás y descubrir ciertas cosas que a veces el teatro deja develadas; a veces después de tanto ensayo, después de tanto análisis experimental, después de tantas facetas rotas en una misma frase uno puede, a veces y solo a veces, enterarse de lo que no se había enterado. No es realismo ahora.

Hoy quiero una caja transparente para que la gente vea a través de ella la película monstruosa en que nos podemos convertir. Antes quería gente sentada en las piernas de los actores, ahora quiero a los actores sentados hombro con hombro con el espectador y que el espectador vea en la piel húmeda y tibia del actor como toma la decisión de formar parte de ese mundo enfermo, sí, por voluntad propia. Y sale y entra, pero no se desentiende de él hasta que la escena termina y las luces normales se prenden. En escena nada más que una silla de ruedas, una tele rota y una mesa; utilería: solo la más indispensable; vestuario, no importa. El actor bastará y debe hacerlo siempre para honrrar el “Espacio Vacío” que irónicamente y como bien dicen algunos maestros, nunca está vacío, pues siempre uno lo llena de sentidos, de significados.

El humano: fábrica insaciable de sentidos que al final no son mas que espacios vacíos.

Y vuelve entonces mi pregunta entonces, ¿para qué?…

V.

publicado en http://brahmavadini.wordpress.com en julio del 2009.

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~ por teatrod4a en 29/11/2009.

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